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El colonialismo indígena

Tungurahua pulveriza el mito del indígena rebelde y contestario que surgió frente a la invasión monárquica española. Aquí el sistema logró lo que no consiguió ni la Corona española, ni la República criolla, ni las dictaduras del siglo XX: un indígena obediente, productivo, endeudado y políticamente dócil, listo para integrarse en el capitalismo como si hubiese sido diseñado para ello. El neoliberalismo puede dormir tranquilo: su criatura existe.

El crédito y el pequeño negocio sirvieron como bautismo neoliberal. Algunos salieron de la pobreza, pero no a través de la comunidad, sino rompiéndola. Se salvaron solos, y en ese acto aprendieron la primera lección del colonizador moderno: quien asciende individualmente, desprecia a quienes se quedan atrás. Entonces, la comunidad se vuelve un atraso, la cultura un estorbo, y la protesta indígena… una vergüenza que “pone en riesgo el progreso” (Luis Alfonso Chango).

Así nace la burguesía indígena que repite con fervor misionero el credo que antes combatía su pueblo: “mérito”, “orden”, “emprendimiento”. Y mientras más dinero acumulan, más se parecen a sus antiguos opresores. No es coincidencia: el sistema los adiestró para admirar al amo. Algunos ya ni necesitan hacendado: llevan uno en la cabeza.

La CONAIE pasa a ser “radical”; los paros, “sabotaje”; el Estado, un guardián de la propiedad privada. La identidad indígena queda reducida a folclor para turistas y a disfraz para festivales. Ancestralidad sin alma; cultura sin columna propia. El colonialismo siempre soñó con esto: indígenas coloridos, dóciles y funcionales.

Pero en las zonas donde el mercado sigue excluyendo sin piedad, la historia es otra. Allí la comunidad todavía respira, la conciencia política no se vende y la pobreza no se vive como culpa personal, sino como injusticia histórica. La meritocracia no prende porque la mentira se huele a kilómetros.

La verdad es brutal: no es la identidad indígena la que define la política, sino la manera en que el capital te usa. Si te integra individualmente, te neutraliza. Si te excluye, te politiza. Si te ve organizado, te teme.

Tungurahua no es traición: es radiografía. Es el retrato de cómo el sistema convierte a los humillados en vigilantes de su propia cárcel. Y de cómo algunos, al salir de la pobreza, no se liberan: solo cambian de amo y, también, deciden convertirse en uno, teniendo como sirvientes a indígenas pobres.

Imbabura, Chimborazo y Cotopaxi ya apuntan hacia la misma mutación: indígenas ansiosos por “triunfar”, aunque eso signifique reproducir el mismo patrón de dominación contra el cual lucharon sus abuelos. Querían libertad; terminaron queriendo poder.

La pregunta no es cuánto progresaron, sino cuánto se deformaron en el proceso. La naturaleza ya no es Pachamama: es “recurso”. El otro indígena ya no es hermano: es mano de obra barata. La comunidad ya no es casa: es un recuerdo que avergüenza (Telmo Punina).

Han internalizado al colonizador antiguo y al moderno. Y ahora, sin darse cuenta, son recolonizadores de su propio pueblo. El sueño húmedo del neoliberalismo: indígenas al mando de la máquina que destruye lo indígena.

El neoliberalismo no tuvo que exterminarlos. Le bastó la estrategia más perversa de todas: hacerlos desear lo que los destruye. Darles crédito, consumo, un negocio y la ilusión de que ahora “sí mandan”. A cambio recibió algo invaluable: su obediencia eficaz y feliz.

No arrasó con la comunidad: la volvió irrelevante. No prohibió la espiritualidad: la convirtió en decoración. No borró la identidad: la prostituyó en folclor. Una cultura no muere a golpes; muere cuando empieza a imitar al verdugo. Y eso es exactamente lo que está pasando.

El sistema prometió progreso, pero su victoria más grande fue otra: la captura del alma indígena, convertida en gerente de su propia devastación.

Ese es el triunfo final del colonialismo neoliberal: que el dominado se sienta ganador mientras reproduce la derrota para la gran mayoría, pues tan solo unos pocos alcanzan la cúspide de la pirámide, como sucede en todo el capitalismo mundial.

Atawallpa Oviedo Freire

Tomado de: https://lalineadefuego.info/tungurahua-el-indigena-que-el-neoliberalismo-sono-atawallpa-oviedo-freire/


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